Testimonios Latinos: Susana, publicista de Buenos Aires.

Cuando Susana iba a la universidad en Caracas, miraba con miedo y desconfianza a quienes fumaban marihuana. “Allá la percepción es muy diferente de la que existe en la cultura argentina o europea. Fumar porro lo asociábamos a alguien sin futuro, a una persona dañada, adicta. No tenía ni remota idea de para qué servía y, si me enteraba de que alguien fumaba, me alejaba”, recuerda.

Susana es venezolana, pero desde hace cuatro años vive en Buenos Aires. Probó marihuana por primera vez en Panamá, hace casi una década, impulsada por la curiosidad y la confianza en su círculo de amigos en ese país al que había emigrado. Allí era una fumadora social, que consumía cuando alguien le compartía, pero en Argentina su consumo se volvió más habitual.

“Fumo más que nada para relajarme. Normalmente ya de noche y los fines de semana”, cuenta esta publicista, que cree no haber probado nunca el porro paraguayo. Ella y su novio le compran a un cultivador que tiene plantas en casa. “Le compramos un frasco de unos 20 gramos a unos cinco dólares el gramo (800 pesos, cuatro euros). Eso nos alcanza para tres meses”.

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